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La tecnología no es una droga: Los 6 mitos sobre la adicción a la tecnología

Los datos disponibles actualmente no permiten calificar la adicción a las pantallas de enfermedad, ni tampoco equiparar los efectos de la tecnología con los de las drogas.

Fuente original: http://periferics.cat | 04/10/2018 15:23:29 GMT

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¿Nos tiene que preocupar los efectos psicológicos del tiempo que pasamos delante de una pantalla? Buscar el equilibrio entre el uso de la tecnología y los demás aspectos de la vida cotidiana es muy razonable, pero hay opiniones muy contradictorias sobre cuál debe ser exactamente este equilibrio. Gran parte del debate gira en torno al combate contra la llamada adicción a la tecnología. Creo, sin embargo, que detrás de todo este discurso hay una especie de pánico moral que se hace eco de afirmaciones alarmistas basadas en datos que, como mínimo, son poco fiables.

Por ejemplo, en abril de 2018 la periodista Katie Couric abordó, en el programa televisivo America inside out, los efectos de la tecnología en el cerebro de las personas. En ese programa intervino el cofundador de un centro privado para el tratamiento de la adicción a la tecnología, que comparó esta adicción con las adicciones a la cocaína y otras drogas. De todo lo que se dijo en este programa, también se podía inferir que el uso de la tecnología podía causar pérdidas de memoria como las que provocan enfermedades como el Alzheimer. Otros especialistas, como la psicóloga Jean Twenge, incluso han sugerido una relación entre los móviles y el suicidio de adolescentes.

He trabajado como psicólogo con adolescentes y familias, y he investigado el uso de la tecnología, los videojuegos y la adicción. Creo que la mayor parte de estas afirmaciones alarmistas son tonterías. Y sobre la adicción a la tecnología se han difundido varios mitos que se han de reflejar a través de la investigación.

1.- La tecnología no es una droga

Se ha afirmado ampliamente que el uso de la tecnología activa los mismos centros de placer dentro del cerebro que la cocaína, la heroína o la metanfetamina. Y hay que decir que esto tiene parte de verdad, pero es conveniente matizarlo: el cerebro responde a experiencias agradables que no están reservadas exclusivamente a experiencias poco saludables.

Todas las actividades lúdicas intensifican la descarga de dopamina en los circuitos cerebrales del placer: nadar, leer un buen libro, mantener una conversación agradable, comer o practicar sexo. El uso de la tecnología provoca una descarga de dopamina similar a la de otras actividades lúdicas, y lo hace entre un 50 y un 100 por ciento por encima de los niveles normales.

La cocaína, en cambio, provoca un aumento de la dopamina del 350 por ciento, y la metanfetamina, una crecida estratosférica del 1.200 por ciento. Además, últimamente se ha demostrado que, si comparamos los drogadictos y la gente que tiene problemas en la vida cotidiana por culpa de la tecnología, observamos diferencias importantes en el funcionamiento de sus receptores de dopamina. Creo, pues, que los que afirman que las reacciones cerebrales a los videojuegos se parecen a las provocadas por las drogas quieren comparar el goteo de un grifo con una cascada.

Las comparaciones entre las adicciones tecnológicas y las drogodependencias también se suelen basar en técnicas de imaginería cerebral, las cuales a veces han demostrado escasa fiabilidad a la hora de documentar los argumentos de sus autores. Otros estudios efectuados con estas técnicas han desmentido también lo que se decía hace tiempo sobre los videojuegos violentos, que supuestamente insensibiliza los cerebros jóvenes y privaban los niños de la capacidad emocional necesaria para conectar con el sufrimiento de los demás.

2.- La adicción a la tecnología no es tan habitual como parece

Los que hablan de adicciones tecnológicas suelen expresar su frustración por su dependencia del móvil, o no entienden por qué los niños invierten tanto tiempo jugando a videojuegos. Pero en realidad, estas actividades no son auténticas adicciones porque no interfieren claramente en otras actividades de la vida cotidiana, tales como la escuela, el trabajo y las relaciones sociales de amistad o familiares.

Según mis investigaciones, sólo el 3 por ciento -o incluso se puede decir que un poco menos- de los aficionados a los videojuegos desarrollan comportamientos problemáticos, como una bajada del rendimiento escolar que llegue a repercutir de manera apreciable en las notas. Normalmente, estos problemas mencionados son poco importantes y desaparecen solos con el paso del tiempo.

3.- La adicción a la tecnología no es una enfermedad mental

Hoy por hoy, no hay diagnósticos médicos oficiales sobre la adicción a la tecnología, pero es cierto que esto puede cambiar: la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya ha anunciado sus planes de incluir el trastorno por videojuegos en la siguiente versión de su compendio internacional de enfermedades.

Pero esta iniciativa ha levantado mucha polvareda. Yo soy uno de los 28 expertos que escribieron a la OMS para quejarse que la decisión no tenía una base científica lo suficientemente sólida. Era cómo si la OMS no estuviera al corriente de los estudios que demuestran que el trastorno por videojuegos acostumbra a ser un síntoma de otros problemas mentales subyacentes, como por ejemplo la depresión, más que una enfermedad en sí misma.

La división de psicología y tecnología de los medios de la Asociación Americana de Psicología, de la cual soy miembro, también ha hecho pública este año una declaración crítica con la decisión de la OMS. Por otro lado, la organización hermana de la OMS, la Unicef, se ha pronunciado en contra del uso de la palabra adicción para referirse a los niños que juegan a videojuegos.

Polémicas a banda, he llegado a la conclusión que, con los datos de que ahora disponemos, las adicciones a la tecnología no se pueden diagnosticar como enfermedades mentales. Por ejemplo, un estudio que llevaron a cabo investigadores de la Universidad de Oxford llegó a la conclusión que las personas más propensas a ser consideradas adictas a los videojuegos no presentan más problemas psicológicos o de salud que el resto. Otros estudios ponen de manifiesto que los problemas de las personas que están enganchadas en la tecnología suelen ser más leves que los propios de una enfermedad mental y, generalmente, desaparecen solos sin necesidad de hacer ningún tratamiento específico.

4.- La adicción a la tecnología no está causada por la tecnología

Muchos de los argumentos sobre estas adicciones insinúan que la tecnología tiene un poder hipnótico y que puede llegar a ser nociva para los cerebros normales. Pero, según mis estudios, las adicciones tecnológicas suelen ser síntomas de otros trastornos subyacentes, tales como la depresión, la ansiedad y problemas de atención. ¿O no es cierto que de las personas que sufren una depresión y se pasan el día durmiendo no decimos que tienen una adicción a la cama?

Este tema es especialmente importante cuando nos planteamos qué personas necesitan tratamiento y para qué enfermedades. Las medidas para tratar la adicción tecnológica podrán hacer poco más allá de tratar un síntoma, pero dejarán intacto el auténtico problema de fondo que sufren estas personas.

5.- La tecnología no es más adictiva que otras actividades

Sin duda, hay gente que se pasa de rosca en una gran variedad de actividades. Una de estas actividades es la tecnología, pero también hay otras, como la práctica de ejercicio, la comida, el sexo, el trabajo, la religión e ir de compras. Incluso hay estudios sobre la adicción a la danza. Pero muy pocas veces se hacen diagnósticos oficiales de estos excesos. No hay muchos indicios de que seamos más propensos a excedernos con la tecnología que con muchas otras actividades lúdicas.

6.- No hay evidencia de que el uso de la tecnología provoque suicidios

Algunos expertos aseguran ahora que el aumento de suicidios de chicas adolescentes registrado recientemente es una prueba de los problemas creados por la tecnología. Sin embargo, entre 1999 y 2016 el índice de suicidios creció en casi todas las franjas de edad, sobre todo entre los adultos de mediana edad. Parece que esta subida comenzó alrededor de 2008, a raíz del hundimiento del sistema financiero, y desde entonces se ha ido acentuando. Esto invalida la afirmación de que los ordenadores y móviles provocan suicidios de adolescentes, y también la desmiente el hecho de que haya muchos más suicidios entre los adultos de mediana edad que entre los jóvenes.

Parece, pues, que la sociedad tiene un problema más grave. Y ese pánico a la tecnología podría desviar la atención de la ciudadanía y los responsables sanitarios a la hora de identificarlo y tratarlo.

Un estudio reciente ataba el uso de móviles y ordenadores a la depresión de los adolescentes y el suicidio. Pero otro experto con acceso a los mismos datos ha revelado que el vínculo es el mismo que puede haber entre el consumo de patatas y el suicidio. Ahí está el problema: los especialistas a veces hacen afirmaciones alarmistas basándose en datos insignificantes que suelen ser pequeñas anomalías estadísticas en lugar de hechos estrictamente reales.

Sin embargo, la tecnología puede provocar problemas reales

Es evidente que la tecnología conlleva auténticos problemas, como los relacionados con la privacidad. Y es evidente que tenemos que compaginar el uso de la tecnología con otros aspectos de la vida. También vale la pena estar alerta al pequeño porcentaje de personas que hacen un uso excesivo. Hay motivos reales en la preocupación por las adicciones tecnológicas, pero las pruebas de que disponemos hacen pensar que las afirmaciones sobre una posible crisis o las comparaciones con la drogadicción están injustificadas.

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